Nuestros cuerpos brillaban bañados en sudor y pasión.
Me recosté sobre mi lado derecho, tratando de recuperar mi aliento.
Luna pego su espalda contra mi pecho y acomodo mis brazos para que la envolvieran.
Su vista quedo perdida en la nada.
Más lejos, parecía estar su mente.
¿En que pensas? Le pregunté.
En que me atreví a vivir, me dijo, me anime.
Y me sentí orgulloso del coraje de mi pequeña gran princesa.
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